jueves, 22 de junio de 2017

El capítulo 5



He leído “La Sociedad Gaseosa”, de Alberto Royo. Como en su libro anterior, la lectura es amena y los argumentos razonables y claros. Sin embargo, voy a centrarme en su capítulo 5, que considero de especial interés porque tengo la sensación de que en él se oculta una especie de contradicción (o al menos eso me parece), y que en esta contradicción reside una de las claves que explican lo difícil que es montar un sistema educativo que satisfaga a todos.

El capítulo se inicia con una discusión sobre el papel de la divulgación, de cómo hacer llegar al amplio público conocimientos sobre temas que encierran a menudo una complejidad difícil de transmitir, y que hacen que a menudo la divulgación falsee su discurso al ocultar estas dificultades y hacer parecer todo sencillo y ligero. La alta cultura (podemos estar hablando de arte, ciencia o técnica) sin duda requiere para ser apreciada en profundidad de un adiestramiento que lleva tiempo y esfuerzo, y que no todos están dispuestos a dedicar.

En relación con esto, Alberto cita a Arturo Pérez Reverte, con el que parece estar de acuerdo cuando afirma que “La cultura siempre ha sido de élite. “Popular” está en contradicción con “cultura”. Lo que sí hay que procurar es que lo popular tenga los cauces de acceso a la cultura absolutamente fluidos y limpios. Que nadie se quede atrás ni por economía, ni por sociedad, ni por nacimiento ni por raza ni por nada, pero que acceda quienquiera a la cultura.” Yo también comparto estas ideas.

Más adelante, entramos en el terreno de la educación y Alberto afirma que debemos “... asumir el reto de la enseñanza sin renunciar a que puedan llegar a disfrutar de la alta cultura, sin pensar que no la merecen o que no están hechos para ella. Eso es para mí ser profesor: desear que nuestros alumnos comprendan y se emocionen con lo que a nosotros nos parece valioso”.

Y aquí es donde empiezo a sentirme un poco contrariado. Si estuviéramos hablando de educación primaria no tendría absolutamente nada que alegar. Pero si nos movemos en el terreno de la educación secundaria obligatoria (que es la que Alberto y yo mismo mejor conocemos y que está destinada a todos los jóvenes de nuestro país), estamos hablando de adolescentes que ya no son niños que tienen todo por descubrir, sino que ya muestran una serie de intereses, aptitudes, gustos, etc… que los van acercando a una inclinación predominante, o bien hacia lo “popular”, o bien hacia lo “culto”. Y si bien puede ser muy noble (que lo es) “...desear que nuestros alumnos comprendan y se emocionen con lo que a nosotros nos parece valioso”, eso no implica necesariamente que ese deseo se convierta en hecho, y en algunos casos, si la disparidad entre el deseo del profesor y la realidad del aula es enorme, se pueden romper los cauces de comunicación que hacen posible la enseñanza.

En resumen, no me queda claro cuál de las dos opciones siguientes defiende Alberto: 
  • Siempre la alta cultura es una cosa apreciada por una élite o minoría; no es una cosa para todos.
  • Se puede despertar el interés por la alta cultura a cualquiera (que es lo que uno encuentra en nuestras aulas, a cualquier alumno, dicho en el mejor sentido de la palabra). 
Creo que defender una opción u otra lleva a conclusiones muy distintas a la hora de organizar un sistema educativo, y que no es tema baladí. (Y creo, estimado Alberto, que el asunto de cómo debería ser nuestro sistema educativo podría ser un gran tema para tu próximo libro.)

martes, 23 de mayo de 2017

La estupidez

Después de los acontecimientos que se están produciendo en diversas partes del mundo (incluida por supuesto España), no cabe duda que la estupidez parece llevar ventaja en los últimos tiempos...


Que Dios (o quien sea) nos asista...